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El Brasil de los Cangaçeiros

  • 2 sept 2016
  • 4 min de lectura

“No criaban a sus hijos, no enterraban a sus padres. Conscientes de la muerte como lo único seguro de la vida, cabalgaron con grandes sombreros con balas cruzadas al pecho y adornos por todas partes. Soberbios y gentiles, campesinos alzados, forajidos.

El patrón fue su enemigo, el estado fue su enemigo, la iglesia fue su enemigo, las milicias su enemigo. Los cangaçeiros, dignos hasta la muerte, no bajaron nunca la cabeza y por eso esta les era cortada como símbolo inequívoco del respeto que se debía tener al poder”.



País inmenso y de grandes contradicciones, Brasil guarda historias maravillosas y sorprendentes. La historia de los cangaçeiros, los famosos forajidos del nordeste brasileño que vivieron y se afincaron entre 1870 y 1940 en la zona conocida como el sertão no es la excepción.


Lugar de vegetación hostil, espinas por doquier, piedras escarpadas en las partes más altas y calor abrasador en la planicie, esta zona de difícil acceso fue el refugio perfecto para un nutrido grupo de delincuentes comunes, disidentes y marginales que hicieron del bandolerismo una profesión.


Sicarios y pistoleros contratados para ejercer la ley del más fuerte, los cangaçeiros eran una suerte de pequeños ejércitos particulares pagados por los hacendados para defender sus familias y sus haciendas o para acabar con sus contrincantes.


Los cangaçeiros, sin embargo, no obedecían órdenes más que circunstancialmente y pasaban a menudo de un bando a otro respondiendo a la poderosa ley de la oferta y la demanda, vendiendo su alma al diablo en el otro mundo y al mejor postor en este.


Hubo también entre los cangaçeiros aquellos reivindicadores sociales nacidos de la pobreza extrema y de la explotación en el trabajo en esa región caracterizada por el abuso constante por parte de los hacendados. De allí salen las versiones más poéticas que hablan de los cangaçeiros como de una suerte de Robin Hood locales que robaban a los ricos para repartir entre los pobres.


Acostumbrados a una vida signada por la violencia, los cangaçeiros eran expertos jinetes, pistoleros certeros y conocedores absolutos de la geografía del sertão. Conocían la zona como nadie y este conocimiento profundo era una de sus armas estratégicas. Conocían bien las rutas de fuga y tenían lugares para esconder alimentos y agua. Conocían también el uso de las plantas medicinales de la región y lo empleaban a cabalidad dado que no tenían acceso otro tipo de medicamentos.








"Despierta María Bonita,

levántate y ve a hacer el café,

que el día viene clareando

y la policía ya está en pié"


Lampião: musico, poeta y cangaçeiro





El más popular jefe de estos grupos de bandoleros fue Virgulino Ferreira da Silva más conocido como Lampião. Su fama estaba ligada, entre otros, al hecho de haber escapado a la constante caza policial por casi dos décadas.


Vigulino Ferreira era un mulato flaco y con lentes con más aspecto de poeta que de criminal. Hijo tercero de una familia que llegó a tener nueve aprendió los rudimentos de la escritura y la lectura y pasó luego a ganarse la vida transportando mercaderías a lomo de burro.


Se hizo cangaçeiro para vengar el asesinato de su padre ordenado por la familia Nogueira. Se unió a la famosa banda de Sinho Pereira pero pronto formó su propio grupo y se hizo llamar Lampião, lámpara en portugués, haciendo referencia a los fogonazos que despedía en cada disparo su viejo mausser bendecido por el padre Cicerón, el Mesías de Juazeiro, un santón loco que incitaba a los campesinos a no pagar impuestos.


En un reportaje periodístico, Lampião afirma textualmente que al no confiar en la acción de la justicia pública resolvió hacer justicia por mano propia.


Adornó su sombrero con estrellas y medallones de oro, se anudó al cuello un pañuelo de seda roja bordada, se colgó alforjas de viajero y se cosió en la bocamanga galones de capitán. Lampião se convirtio así en el más poético de los delincuentes y fue el rey del sertão durante casi veinte años participando en más de doscientos combates contra los regimientos de la policía estatal.


Lampião introdujo también en el cangaço la tradición de la música. Tocaba el acordeón de ocho bajos y la guitarra y dicen que enseñaba a sus hombres a leer con las canciones que componía. Dicen también que fue en honor a su abuela que compuso la canción “Mulher rendeira” y que la convirtió en un himno de batalla que sus 50 hombres cantaron a voz en cuello mientras tomaban en 1922 la ciudad de Mossoró, en el Río Grande del Norte.


Según Luís da Câmara Cascudo, historiador, antropólogo y folklorista, Lampião, además de compositor, era bailarín, creador y divulgador del xaxado, un ritmo nordestino que imita el sonido de las alpargatas en el piso seco, pedregoso y quemante de los caminos del sertão.


Antes de Lampião, dice el, “no había música en el cangaço. No había en realidad ni cangaço en el sentido social, solamente grupos de cangaçeiros. Lampião creó un estilo, una modalidad de música popular sertanejo-nordestina, un lenguaje que llegaba a todos naturalmente. Era un lírico que se deslumbraba con la contemplación de los escenarios de la naturaleza, de una flor, del aroma a tierra mojada, el gotear de una bica; las cosas más simples y puras de la naturaleza, del canto doliente del boyero.”


Colofón

Después de la Revolución que hubo en Brasil en 1930, el régimen de Getúlio Vargas determinó que la existencia de los cangaçeiros podría ser una amenaza a la autoridad central, y por ello desplegó una feroz represión policial y militar contra ellos. Como resultado de ello, a inicios de la década de 1940, casi la totalidad de cangaçeiros fue muerta o capturada.


En una de las últimas misiones exterminadoras, una partida de la policía pernambucana de Nazaré mató a Lampião, el cristo del sertão, a María Bonita, su esposa y a nueve cangaçeiros que les acompañaban. Los hombres del regimiento a cargo destrozaron la cara de Lampião a golpes de culata y después cortaron las cabezas de todos ellos.


En una exposición tan macabra como aleccionadora, esas once cabezas humanas fueron mostradas en un bodegón, con sus armas y sus bandoleras primero en una plaza pública y luego, durante varios años, en el Museo Nina Rodrigues en San Salvador de Bahía.


 
 
 

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